¿Será el COVID-19 como un dolor de muelas, o de rodilla?

Que el COVID-19 ha transformado la sociedad hasta extremos que nunca hubiéramos imaginado es una cosa muy obvia. La pregunta que sigue vigente es si esos cambios perdurarán cuando consigamos domar al virus.

Para reflexionar sobre esta idea, en Ephimera usamos la metáfora del dolor de muelas. Si este virus se diluye este verano y poco a poco deja de estar tan presente en nuestras vidas y no vuelve nunca -porque encontramos una cura, una vacuna o un test, por ejemplo- se parecerá mucho a un dolor de muelas de esos que te tienen llamando al dentista desesperadamente, pero que el día que se te pasan hacen que acabes por no ir a la consulta… hasta el siguiente pico de dolor. Los dolores de muelas son como los partos, hacemos por olvidarlos y volver rápidamente a nuestra normalidad. No nos transforman.

Pero cuando lo que tenemos es un dolor de esos mudos, permanentes, de los que nos acordamos a cada paso, como una lesión de rodilla, una escoliosis, una fascitis… entonces aprendemos a pisar menos con un pie que con otro, a sentarnos medio encorvados o, simplemente, dejamos de caminar tanto como antes.

Si las medidas para controlar socialmente el COVID-19 se mantienen después de este verano y durante todo el próximo curso, entonces con seguridad producirán transformaciones duraderas. Como con los dolores crónicos, ocurrirá cuando cambiemos nuestros hábitos para adaptarnos.

Habrá teletrabajo solo si las empresas tienen que aprender a trabajar de otra manera y ese cambio filtra a toda la cultura de la empresa. Los trabajadores reclamarán que las empresas se hagan cargo de sus gastos de oficina en los domicilios (la calefacción, la conexión a Internet). Abrirán espacios de co-working en los barrios que se pagarán con esos pluses que paguen las empresas.

Probabremos a tomar cañas durante muchos más meses del año al aire libre. Si no se vislumbra el final, los dueños de los bares invertirán en infraestructura para mantenernos calientes todo el año en la calle. Aquellos establecimientos que no tengan terraza ya no tendrán sentido para la hostelería.

Si las universidades no vuelven a la presencialidad, se transformarán en otra cosa. Habrá una batalla campal donde los grandes actores de la educación se pelearán con pequeños agentes con menos solera, pero más experiencia enseñando online.

Para que las ciudades se deshabiten tendrán que pasar mucho más tiempo, por lo menos en España, donde la mayoría de personas vive en un piso en propiedad.

Pero nada de esto tiene por qué pasar. Puede que en el otoño ya tengamos una medicación que haga que este virus ya no sea mortal. O un test con el que podamos saber todas las mañanas si es seguro que salgamos a la calle. Y entonces haremos todo lo posible por olvidar colectivamente el dolor que hemos pasado y volver a eso que llamábamos «normalidad». Todo depende de que este virus sea un dolor de muelas, o de rodilla.

 

Imagen: Thanks to Yingpis Kalayom for sharing their work on Unsplash.