Las políticas de la angustia

¿Es o no es para que te hierva la sangre? Ayer se cumplieron 3 semanas desde que los niños y niñas pueden salir a la calle. No se ha producido ni un mínimo repunte de los contagios como consecuencia. Llama poderosamente la atención, por no decir otra cosa, que no haya habido ni una sola disculpa, ni una palabra, desde ninguna instancia pública de esas que han tenido a 8 millones de ciudadanos menores de 18 años condenados a 46 días de reclusión absoluta en sus domicilios.

Me pongo a pensarlo y me doy cuenta de que ha pasado más veces; de que está siendo la tónica general. Los gobiernos -todos los gobiernos sin distinción por colores políticos: desde la OMS que no avisó a tiempo, al gobierno central que falló en la vigilancia epidemiológica, a todas las autonomías que no detectaron los casos en los hospitales- fallaron estrepitosamente al no detectar una pandemia cuando había centeneras de miles de infectados. Y los ciudadanos y ciudadanas tuvieron que salir a rescatarlos con este confinamiento, haciendo un esfuerzo que está produciendo muchísimo dolor.

Lejos de asumir el error y hablar desde la humildad, las mismas autoridades han decidido que es más eficaz meternos el miedo en el cuerpo, hacernos sentir como los únicos responsables del contagio de esta enfermedad, como si de cada uno de nuestros actos dependiera la salud pública.

Me cuentan que hay familias que cuando llegan del super tiran la compra al suelo y friegan cada paquete para luego secarlo con un secador porque les han dicho que así matan al virus. Veo gente que deja los zapatos en el descansillo del edificio por si trae el virus en los pies y en las noticias que recomiendan que cuando volvamos de la calle con los niños lavemos su bici «con una disolución de lejía» o que no usen un balón «ya que rebotan en el suelo y luego pueden tocar alguna parte del cuerpo de los más pequeños«. Una ya no sabe si vamos a la calle o la central nuclear de Springfield.

Todo esto me suena a las campañas que te transmiten la importancia de cerrar el grifo mientras te cepillas los dientes, porque hay poca agua y es tu deber salvar la que tenemos. Luego resulta que el consumo de agua de los hogares solo representa el 8% del consumo total, mientras que la industria y la agricultura consumen un 80%. Y de ese 8%, no le quiero contar lo que representa cerrar el grifo mientras se lava los dientes. Menos mal que algún emprendedor aprovechó las campañas publicitarias para vender una bolsa con la que podías recoger el agua de la ducha mientras se calienta lo suficiente como para ducharte. Al menos alguien ha ganado dinero con esto.

Y pasa más veces. Con la nutrición, con la cosmética, con muchísimas otras cosas, los fabricantes son libres de meter cualquier porquería en los productos que ofrecen, y luego somos los consumidores -y sobre todo las consumidoras- las que nos tenemos que hacer un máster en bioquímica para saber si la crema solar que le pones a tu hijo realmente ofrece alguna protección, o si le va a provocar un desarreglo hormonal. Yuju.

En el mismo patrón, volviendo al Covid-19, busco y no encuentro ningún artículo que haga seguimiento sobre el aforo en los transportes públicos durante el confinamiento. Ni sobre cuántos profesionales había contagiados en residencias, donde el 38% de los residentes ha dado positivo. Solo en los últimos días hemos sabido que entre el 40% y el 50% del personal sanitario en Madrid ha pasado la infección. Oiga, igual de ahí salía algún contagio más que de dejar salir a los niños, en solitario, a la calle.

Tampoco parece que se haya encontrado ningún rastro del virus en los productos de los supermercados, igual porque los clientes van casi tan bien equipados como las enfermeras de una UCI. Ni que los niños vayan a ser malvados «vectores de contagio» como los definió de un plumazo el ministro de sanidad.

Las políticas de la angustia, las que nos hacen temer todo el rato para que obedezcamos mansamente, están teniendo dos efectos terribles: uno es que han enfrentado a unos ciudadanos con otros.

Ya es famoso el estereotipo del policía de balcón, ese ciudadano aterrado que piensa que sus vecinos le ponen en peligro por salir demasiadas veces al día a pasear al perro.

El otro es que nos hacen desconfiar del gobierno mismo. Si, como ha pasado con las salidas de los niños, los ciudadanos aprendemos que las medidas impuestas como si fueran los 10 mandamientos no tienen en realidad ninguna consecuencia, ¿cómo nos van a convencer de que las tres cosas que sí valen para algo y está en nuestras manos hacer -usar mascarilla, mantener la distancia y lavarse las manos- no son también formas de control sin efecto?.

Con un poco de suerte volverá a venir la inteligencia colectiva a rescatarnos. En los últimos días en Madrid, frente a la crispación de las cacerolas, gente que decide contraprogramar la bronca con «All you need is love», de Los Beatles. Hay esperanza.

https://twitter.com/gmaemejota/status/1262113230123565056

 

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