Esto no funciona, ¡Abran los colegios!

Como tantas otras familias, en mi casa hemos tenido mucho tiempo para, digamos, reflexionar sobre las virtudes de la educación online. Cuando hablo con otras personas con hijos, me transmiten una sensación compartida: niños que no se centran, que no tienen interés en los materiales que les envían y adultos echando la mañana entera en acompañarles en sus tareas. ¿Cómo puede ser que ese plan de hacer masas con harinas que en la escuela les tiene entretenidos toda la santa mañana, en casa no dure 10 minutos? ¿Por qué se aburren de las videoconferencias con sus amigos a los que están deseando ver en persona? ¿Por qué no les ilusionan los vídeos que mandan los profesores?

Pensamos en la educación como un proceso de transmisión de contenidos del profesor al alumno. Pero los contenidos no son el centro de la educación, sino su driver: un catalizador de una comunidad que aprende junta.

Todo aprendizaje es un proceso social. Las personas aprendemos en «comunidades de prácticas», grupos que organizamos para compartir conocimientos y experiencia. En el hogar constituimos una comunidad de prácticas en torno a la cocina y los cuidados. Muchos profesionales se forman en comunidades de prácticas como talleres o gremios. La medicina, los hospitales, también funcionan de esta manera. Y el arte. Incluso formamos una comunidad de prácticas con nuestros amigos para aprender a enfrentar cada etapa de la vida y envejecer.

Existen las personas y los grupos que han desarrollado inmensos conocimientos en Internet, sin contacto presencial. En la red hay foros descomunales con millones de usuarios capaces de tumbar gobiernos. Hay comunidades de desarrolladores de software que mantienen piezas clave de la infraestructura de Internet sin haberse visto nunca. No conozco ningún hacker que se precie que no haya aprendido por su cuenta en Internet. Pero incluso estos aprendizajes están basados en comunidades muy robustas con normas, liderazgos, hojas de ruta y una historia compartida. Estructuras que no se replican con facilidad, y que desde luego no se pueden extrapolar automáticamente desde un grupo presencial.

¿Alguna vez te has preguntado por qué es tan difícil aprender idiomas? ¿Cómo puede ser que haya centenares de millones de personas en academias intentando aprender inglés y fracasando en el intento? Cuando falta la comunidad de pares, somos incapaces de aprender y de retener la información que se nos proporciona. Como se suele decir, no tenemos con quién practicarlo.

Si miramos al sistema educativo como una forma de crear comunidades de chavales en torno a los conocimientos que pensamos que son más importantes como sociedad -matemáticas, lengua, historia, ética…- entonces se hace evidente por qué no funciona la educación online: porque en el confinamiento nos falta esa comunidad. En línea con esto, los niños y niñas más mayores, que ya han aprendido a usar la tecnología para relacionarse con sus pares, están llevando este proceso mucho mejor que los más pequeños, que todavía no tienen esa habilidad.

Pero ni siquiera para los niños y niñas más mayores la experiencia digital puede sustituir el aprendizaje común sobre la vida. Necesitamos que los estudiantes sigan participando de comunidades de aprendizaje para enriquecerse. Y por eso necesitamos que, con todas las medidas de seguridad, pero sobre todo con todos los recursos necesarios, se vuelvan a abrir cuanto antes los colegios para que nuestros hijos e hijas recuperen el derecho a la educación que han perdido esta cuarentena.